Al norte de Chiapas y al sur del Kurdistán

No sabemos lo que un pueblo puede,
pero estamos ciertos de que no cabe en esta geografía
seca de resignación
ni en este urbanismo tan generoso en infamia.
Las morales pontifican sobre la tierra quemada,
los sentidos comunes multiplican el hartazgo flojo y débil,
la repetición de los gestos bobos hace sombra
encima de las piedras tibias, sin impedir con ello
que todavía guarden el temblor de la Gran Hoguera Fracasada.
Todas las voces reproducen el eco de la cabeza hueca
mas nada puede apaciguar las tremendas corrientes submarinas.

Que se acerca la tormenta no es un grito del temor,
sino la única consigna que nos permitimos, en cuanto pálpito.
Esa cercanía endulza todas las aguas en la rosa alborada
y enfila las oscuridades a las cumbres del placer.

Desayuno de los dioses,
-muerte joven que enceguece como luz de mediodía-
somos dieciocho millones de gotas henchidas de aguantar,
saltando sobre la cuerda floja del individuo.
Crecer y florecer es nuestra empresa,
y aún no sabemos lo que un pueblo puede.

Las monedas del pequeño hombrecito
merman vuelo a tu carrera.
Sabes
que eres peligroso porque no te despegas de tus talismanes,
pero mañana no podrás comprar con ellos tu vaso de calma.

La desmemoria es el paradigma de tu tiempo, Chile,
y no sabemos lo que un tiempo puede.
Los cuerpos duelen su elasticidad
con que entrenamos camas, estadios y sobremesas.
La sangre siempre desborda la piel enquistada
pero no sabemos lo que un muerto puede.

Aguarda sin que esto signifique hacerse mustio,
susurra la velocidad de la noche, ríe a carcajadas los nombres de las calles principales,
mastica las migas del horror hasta deglutir un grito de guerra,
y no intentes minar el trote de las lobas melancólicas,
pues ellas vienen a fundar encima de tus ruinas
semillas sin tutores, bosques, ríos, cordilleras ancestrales,
HERMANDAD DE LA TIERRA CON EL CIELO
o libertad, que es vocablo más amable.

Los panes son los soles que inauguran la mañana.

Así rueda el caracol: el sujeto se degüella
y mismamente el Estado hace lo propio. Nuestras cotidianas mezquindades,
las determinaciones del mercado, el cloroformo real,
la pornografía o el canto de sirenas de los medios de comunicación de masas,
la cabecera de mesa y el yo no voy a poder saltar ese tranco,
es decir,
todo aquello por lo que nos sacamos las uñas entre afines
lo someto a la guillotina universal, que es el campo de batalla del sí mismo,
donde se hace público lo subterráneo,
donde todos los gatos se develan tornasoles
y dan cara nuestras madres en la primera fila de este juego.

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