Atisbo de un plan

Hemos dicho distopía antes y supongamos que quisiéramos que fuera algo más que una metáfora. Supongamos que, usando un lenguaje siniestro, le llamáramos diagnóstico.

Lo primero sería aclarar muy rápidamente que la distopía no tendría nada que ver con lo espectacular de la dominación o del sometimiento, y por el contrario sí tendría que ver con el lugar del espectáculo en la dominación y en el sometimiento. Que la distopía no se definiría por la actualidad de su paisaje apocalíptico. Por eso, a pesar de todas las apariencias, no habría que tratar de distópicas realidades como la de Siria por el desastre causado por la guerra, sino quizá (y esto efectivamente está sujeto a indagación) en razón del orden instaurado por el Estado Islámico ahí donde lo logren, pero con alguna probabilidad no menor, quizá la distopía se ubica en la Turquía vecina.

Es que, entonces, se impone como consecuencia que nuestro horizonte distópico pasa por un modo particular de disponer el gobierno. Ese modo de disponer el gobierno, no se agota en su estructura institucional, sino que precisamente se trata del aseguramiento del domino, a través del aseguramiento del valor único de un estilo de vida, de una forma de vivir. Y digamos, que esto tampoco es novedad, que desde siempre los dominantes quieren imponer su forma de vida a los demás, porque de ese modo podrán aparecer como portadores naturales de los atributos más valorados. Lo que le da una particularidad a esta época es que la relación entre los verdaderos dominadores y todxs nosotrxs, está únicamente garantizada por ciertos vectores que organizan el mundo a la manera de ellxs y los deseos de los demás, en la senda de su atracción. El nivel del abismo que separa a los privilegiados, es más radical que nunca. Quien puede ejercer poder sobre más población no necesita encarnarse nunca en su representación, más que en circunstancias tan especiales que su presencia sigue siendo fantasmagórica antes que grandilocuente. Ni los Reyes del Antiguo Régimen, ni los Empresarios del siglo XX, podían prescindir de ese modo de sus actos de presencia. Los privilegiados contemporáneos, reyes y empresarios a la vez, disponen de un sistema de representación que les asegura el dominio, sin tener que aparecer nunca en escena (apenas se les divisó en los “casos” de “corrupción” de PENTA y SQM, por ejemplo). Al mismo tiempo, y sin ninguna contradicción, ellxs están presentes, muy presentes, mucho más presentes que todos los dominadores de todas las épocas, están abundantemente presentes en todas las marcas que nos obligan a consumir (la “libertad de elección” tiene el “límite del mercado”, y eso en la franja de tierra chilena se aproxima infinitamente a cero).

Totalmente presentes y totalmente invisibles, esa es otra constante. Es que han conseguido separar en la idea y hacer totalmente dependiente en la práctica la “economía” y la “política”, pudiendo entonces sostener no ser los dominadores políticos del país y al mismo tiempo concentrar todo el poder económico que alimenta, que sostiene el juego de la representación política. Es decir, la “política” en el sentido del sistema político, está completamente subordinada en la práctica al “sistema económico”, a su vez totalmente subyugado a los intereses y azares de un grupo de déspotas.

Pero nuestra intención no es deprimirnos. Nuestra intención es desarmarlos a ellos y armarnos nostrxs. Por tal razón, la constatación que venimos haciendo hace ya un tiempo, es completamente insuficiente, debemos politizarla, debemos hacernos de un plan, de una multiplicidad de planes que apunten a la destitución del régimen. La destitución del régimen sólo es posible como deposición de la forma de vida que nos han inculcado. Modos de hacerlo hay muchos. Quisiéramos aportar a la delimitación del enemigo común, a través de la exploración de ciertos elementos mínimos que conforman el carácter distópico de nuestra cotidianidad, lo cual está inevitablemente unido a la reflexión respecto de cómo hacer con éstos, cómo negarlos y superarlos, cómo destruirlos, y con quién.

Politizar la constatación 

Hay una película de ciencia ficción, holywoodense, nada de que alardear. Hay una película de ciencia ficción que se llama Elysium, que tiene su antecedente en un manga: Tiphares. En éstas viven los ricos y poderosos en una cápsula en el espacio. Refugio último del impulso inmunitario, nada puede entrar ahí que se desvíe de la forma de vida que se busca defender, ni siquiera microorganismos.  Es el reverso del problema de la invasión alienígena. El espacio no representa la amenaza de la destrucción de un modo de vivir, sino que la posibilidad de defenderlo. Ante la implosión de lo social, los insalvables límites ecológicos y la promesa imparable de la acumulación siempre creciente, el mundo se divide simplemente en dos. La lucha de clases se materializa sin lucha. Abajo en la tierra latinos, latinas, negros, negras, árabes, marginados en general viven en las condiciones de miseria de nuestros siglos XX y XXI, aún a mediados del siglo XXII. Arriba, la tecnología ahora apenas visible se ha desplegado completamente para gozo y perpetuación de las élites. Abajo, se dispone un sistema médico y policial de vigilancia completa, exhaustiva y al mismo tiempo, sin la apariencia de una dictadura. Arriba, aún caben debates sobre el humanismo, aún se divorcia la política de una economía que sustenta todo, absolutamente todo el modo de vida.

Acá entonces unos primeros elementos. El poder, que no es otra cosa que el poder de defender e imponer un modo de vida, se sustenta en el acuerdo transversal de que la economía es una cosa y la política otra. Esto sostiene en la realidad, en nuestros suelos, en Chile, la economía como pura extracción. Y sobre esta extracción que fluye hacia las alturas de Elysium, una serie de discursos que apenas difieren entre sí, pero que de todas formas pueden hacerse ver como preocupados por la población, aún cuando a esta frase le falte el resto: preocupados por la población en tanto posibilidad de extracción. Del mismo modo en Elysium, las atenciones médicas y securitarias les permitían a los agentes motivados por la necesidad, cegados por ella, mantenerse como activos colaboradores del saqueo organizado a escala planetaria.

Entre más separada la toma de decisiones de los afectados por las decisiones, más se insiste en la separación de la economía y la política, y más que nunca la primera gobierna, sostiene, informa y conforma la segunda. Primer punto mínimo: Han de acercarse las decisiones a los afectados por las decisiones, no en razón de una modificación de la fórmula de gobierno, sino en tanto reconocimiento de la inseparabilidad de la decisión sobre la repartición de las cargas y beneficios (v.g. La Economía) y la distribución de la auctoritas, de la jerarquía sobre la determinación. Determinación en última instancia siempre de la forma en que se vive, de lo que se persigue como legítimo, de lo que se define como deseable. Soberano es quien decide la separación entre economía y política, en otras palabras, es quien sanciona en la práctica la economía como natural y la política como agregado indeseable, susceptible de ser encarcelada en las paredes institucionales. Entonces el problema no es de fórmula. No es la delegación un problema ontológico, sino pragmático. Es lo qué se delega más el problema que el acto de confiar. Y cuando decimos esto, es fundamentalmente, que cuando el acto de delegar hace carne la premisa de una economía sin el problema del poder, entonces es inaceptable. Como, cuando los habitantes de la Tierra en Elysium, nos batimos aquí en batallas campales por conseguir un bienestar mínimo a cambio de sostener bien arriba a quienes dicen Administrar los recursos escasos de esta tierra que habitamos (con utilidades inasibles, por supuesto); entonces, tenemos un piso mínimo: Toda decisión política debe ser pensada como decisión económica, y toda decisión económica, como decisión política. Y aquello no puede hacerse acá en Chile, sin eliminar las bases que sostienen al satélite allá arriba: Se debe desbaratar el Estado unitario chileno, como piso mínimo.

Cabría hacer chocar Elysium con la tierra.

 

 

*Segundo punto mínimo: El orden Espectral Imperial Global [Próxima entrega]

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