Corrupción, extractivismo y Benjamin como vigía zapatista. Apuntes de la distopía Latinomericana

a Macarena Valdés, por la venganza de la Mapu

1.

Minutos antes de encontrarse con la muerte, Walter Benjamin se mira en el espejo de su habitación en Portbou, en la costa nororiente del país catalán. Entra en el reflejo el paisaje del mediterráneo poblado de cadáveres arrumbándose en las playas europeas, y, junto con su rostro empalidecido, tras sus lentes empañados por el vapor del baño, el filósofo completa la imagen. ¿Qué está viendo Benjamin frente al espejo?, ¿al espía nazi, al soldado franquista, al militante del PCUS, que viene a quitarle la respiración con un golpe en la nuca? ¿Ve los cadáveres del mediterráneo, cuando aún eran cuerpos animados por las ganas y la esperanza, subiendo a precarias naves que se hundirán antes de llegar a la blanca Europa? ¿Observa acaso Benjamin su propio interior, en un delirio místico que le revela la situación del filósofo en tiempos de catástrofe (¿y qué tiempo no lo es?), interior que comparte con los pueblos de cualquier calendario y geografía, levantándose en armas contra la muerte? El ángel eres tú, pues, filósofx, que das la espalda a la parca pero tropiezas con ella en el espejo, cuando el pensamiento se expande como tu propio diafragma, en el último suspiro del siglo veinte.

2.

El capitalismo como productor de vida necesita también producir la muerte. Si hace vivir vidas tristes, sus potencias disminuidas, apasionadas por el cumplimiento del deber y el trabajo, moralizadas y moralizadoras, ávidas de esclavitud tanto para detentar como para someter; asimismo, las formas de vida libres y alegres, entonces rebeldes, se presentan como formas anormales y peligrosas que es necesario desactivar. Nos recuerda el compa Hans desde la prisión que “las fábricas de opinión pública y de producción de sentido común son sumamente efectivas” pero para cuando no funcionan “están las pistolas de la democracia policial” (Réquiem por la luna que se fue, p.5). Capital como ontología, pues, del crimen contra la vida humana y no humana. Crimen permanente: necropolítica o capitalismo gore, nos dice Sayak Valencia. Claro que las violencias están distribuidas territorialmente en un ordenamiento geopolítico adecuado a los flujos del capital. No a todos los cuerpos les toca recibir el mismo grado de castigo por su rebelión, esto es, por tender a su alzamiento, a la libertad de acrecentar su potencia.

Frente a la convergencia de diagnósticos en torno a la distopía en curso, lxs hermanxs zapatistas afirman que “Ayotzinapa no es la excepción sino la regla actual. Ahí está el retrato de familia del sistema a nivel mundial. Se ha dicho que el crimen organizado o el narcotráfico han permeado la política. Ha sido al revés: los usos y costumbres de una clase política corrupta (como la mexicana, en el caso de nuestro país, pero varios países cumplen con los requisitos) se trasladaron al crimen organizado” (El pensamiento crítico frente a la hidra capitalista I, p. 216).

Corrupción, narcotráfico, crimen organizado. Si durante el primer siglo y medio de nuestras repúblicas americanas, los gobernantes fueron la facción administrativa del capital imperialista o, en el mejor de los casos, nacional; hoy existe una connivencia entre crimen organizado y gobierno estatal, en base al control y explotación de grandes industrias ilícitas como lo son el tráfico de drogas y de personas. Hay ahí, al menos, una clave para leer Ayotzinapa, que es la que da cuenta el documental Mirar morir: el ejército en la noche de Iguala. Cuando lxs estudiantes tomaron intempestivamente los buses en la terminal de Iguala, las fuerzas de seguridad federales supervisaron a distancia toda la travesía de lxs normalistas secuestradxs. El documental plantea la tesis de que los carteles de heroína usaban frecuentemente esos mismos buses para distribuir su mercancía, de allí que la presencia de lxs estudiantes haya sido vista como una interferencia para el crimen organizado. Entonces, el narco ejecutó, pero los policías y el ejército solamente miraron y aseguraron la masacre.

La existencia del mercado mundial de las drogas funciona articulando la moral que penaliza el consumo y circulación de las sustancias, con las fuerzas estatales que, dispuestas a combatir el narcotráfico, aseguran precisamente su circulación. En tanto relación social, el narcotráfico no puede entenderse sino desde su carácter ilícito. Las relaciones entre quienes forman parte de los distintos eslabones de esta cadena productiva, desde cultivadores hasta consumidores, están determinadas por la ilegalidad de estas actividades. Así, no existe narcotráfico sin una negociación (que se reajusta permanentemente) con las instituciones estatales, cuya participación en el mercado de las drogas, mantiene y alimenta esta guerra.

Si la gubernamentalidad, como ciencia de producir subjetividades humanas y dirigir comportamientos, tiene interés en estudiar la asociación de los gobiernos locales, nacionales o supranacionales con el narcotráfico, es porque lo lícito produce a lo ilícito, la ley necesita de su quebrantamiento para tener sentido normativo, o sea, poder. Como dice la famosa tesis octava de filosofía de la historia de Benjamin, “el estado de excepción en que vivimos es en verdad la regla”.

La contradicción es una condición de la existencia humana, pero su operación explícita a nivel gubernamental es una de las características de la distopía. La norma produce su excepción para alimentarse de ella. Así se multiplican las cabezas de la hidra. La distopía hace ostentación de que lo que dice de sí es lo contrario del modo cómo actúa.

Asimismo, el narcotráfico es una forma de gobierno, y es una forma de este paradigma distópico de gobierno, porque hace vivir unas vidas y hace morir otras, de unas macabras maneras que rescatan técnicas tanto de la inquisición católica como de la doctrina de la seguridad nacional. Con el pretexto de combatir al narcotráfico (así como en los países de población musulmana se dice combatir al terrorismo), en el escenario latinoamericano de la guerra, el poder de la excepción produce la movilización de los ejércitos y las policías para asegurar el control hegemónico de tan importante mercado. El informe mundial sobre drogas de Naciones Unidas de 2016 afirma que el 9% de la cocaína que se consume en Europa, Asia y Oceanía, sale por puertos chilenos (Ernesto Carmona: Aumentan exportaciones chilenas de… cocaína. Radio y Diario Universidad de Chile, 5 de julio de 2016). Esto no quiere decir necesariamente que en Chile se cultive la hoja de coca, ni siquiera que en este territorio existan laboratorios que procesen esa planta. Lo único que revela la información de la oficina de Naciones Unidas que observa la droga y el delito, es que las estratosféricas cifras de dinero que invierten los gobiernos chilenos en el combate al narcotráfico y el espectacular despliegue de las policías civil y uniformada, y de las fuerzas armadas en las zonas fronterizas, aseguran una hasta ahora inédita participación de Chile en el mercado mundial de las drogas.

La izquierda bienpensante moraliza el consumo de falopa mientras santifica a la mariguana, en una operación que se deriva de la misma fetichización de la mercancía droga. Así, junto al discurso y acción policiales propias de la acción política estatal, se alimenta la judicialización del narcotráfico y la militarización de su combate. Pero la estructura económica que la sostiene ni siquiera se asoma a la crítica, aún cuando parte importante de lo que denuncian como corrupción procede de la relación entre el narco y el Estado.

3.

La corrupción designa el movimiento de un cuerpo hacia su muerte. En el plano moral que más frecuentemente se utiliza, se dice de algo que se corrompe cuando se separa totalmente de su razón de existir. Pero si las estructuras del Estado moderno históricamente han existido para asegurar un modelo de dominación social con el fin de la acumulación, no hay ninguna novedad en que un empresario se haga político para incrementar su patrimonio, o que un partido socialista invierta sus capitales en la gran minería. Si esto realmente nos sorprende es porque hemos estado dormidos muy profundamente. Proponemos entonces que lo que hoy se denomina corrupción política es parte de un movimiento estratégico de renovación del capital integrado mundialmente; que en este movimiento hay un reacomodo de las fuerzas dominantes; y que si estamos advirtiendo una tormenta, pues necesitamos disponer de todos los sentidos en desentrañar este movimiento para atacar el sistema de dominación de maneras efectivas.

En la región latinoamericana, finalizadas las dictaduras militares y con el advenimiento de las democracias contemporáneas, ha habido una renovación también de los enemigos del Estado. Las fuerzas guerrilleras revolucionarias más potentes de esta zona fueron aniquiladas o han ido siendo incorporadas a las democracias mediáticas neoliberales. El desarme de las FARC es celebrado por todo el espectro de la política representacional mundial, a pesar de que los datos duros con que tanto gustan revestir sus discursos como objetivos apunten en un sentido contrario a la mentada paz. 151 dirigentes sociales fueron asesinados en Colombia entre 2016 y el primer trimestre de 2017. “La mayoría de las víctimas fatales tenían en común ser miembros o líderes de procesos sociales y políticos por medio de las Juntas de Acción Comunal (JAC), la Guardia Campesina y resguardos indígenas. También pertenecían a reconocidas asociaciones de izquierda como Coccam, Fensuagro, Marcha Patriótica, Congreso de los Pueblos, Partido Comunista o la Unión Patriótica”, señala el comunicado de los 9 frentes de las FARC, 8 milicias bolivarianas de las principales ciudades de Colombia, más la columna Daniel Arana, que se rehusan al desarme y acusan la traición de su dirigencia guerrillera. Como parte del reajuste capitalista mundial, los ex guerrilleros se suman a la lista de los nuevos enemigos de los estados latinoamericanos: en la misma categoría están los narcotraficantes, los movimientos sociales urbanos, y los movimientos indígenas y rurales.

Por su inspiración marxista, los movimientos guerrilleros de la segunda mitad del siglo XX tuvieron una difícil relación con los pueblos indígenas, dificultad que radicaba en la colonialidad de un pensamiento materialista por cuya práctica se veía a los indígenas simplemente como campesinos. Misma colonialidad que persiste en lo que el ex diplomático cubano Francisco López-Segrera denomina posneoliberalismo, término con que caracteriza la doctrina económica de los gobiernos progresistas de Latinoamérica, que sigue siendo extractivista, pero a este punto llegaremos un poco más adelante. El ejemplo más brutal de lo anterior es la relación entre Sendero Luminoso y algunas comunidades indígenas de la sierra peruana a las que la guerrilla maoísta torturó y masacró. Es claro que en la estrategia guerrillera las zonas rurales ocupan un lugar muy relevante, pues desde el control de territorios liberados avanza la fuerza revolucionaria hacia los centros de poder. Con la toma de la Sierra Maestra comienza la ofensiva que desencadena en la revolución cubana. Sin embargo, es saludable recordar que no existe territorio por liberar que sea ajeno a las propias fuerzas revolucionarias. Hay en la guerrilla al menos un antecedente en cuanto a la ocupación militar de las zonas indígenas de Latinoamérica.

Como lo demuestra el asesinato selectivo de dirigentes populares, muchxs de ellxs ligadxs a luchas ambientales, ecológicas e indígenas, la movilización de fuerzas militares en los sectores rurales cumple de paso con el objetivo de reprimir comunidades indígenas y asegurar esos territorios como zonas de sacrificio ambiental para megaproyectos extractivos. De ese modo, las comunidades, ahora despojadas de su territorialidad y espiritualidad, devienen rápidamente en mano de obra de las industrias extractivas, en un doble movimiento en que se intensifica su desvinculación comunitaria y con la tierra, y el capital se robustece apropiándose y destruyendo tanto el territorio como la fuerza de trabajo de sus habitantes.

Primer excurso (que es un recordatorio): Un sistema de dominación tan efectivo como el capitalismo mundial integrado no produce únicamente a la vida humana como subjetividad positiva, sino que limita, captura y extrae valor de la vida no humana, para la acumulación ilimitada de capital aún cuando los recursos primarios sean todo lo finitos que la existencia material permite. Fin del primer excurso.

Es evidente, por lo tanto, que el capital se reinventa de verde, de progresista, de academia, de centro de estudios, de revolución democrática, y así se potencia como máquina de captura. El crimen permanente se oculta entre las buenas intenciones de refundar la política, ejercer la ciudadanía, fundar la nueva república y acabar con la corrupción.

4.

En el tránsito de la doctrina de seguridad nacional a la guerra de baja intensidad surge un subproducto del militarismo y la reacción, que es el sicariato o paramilitarismo. Si ya no hay guerrillas que aniquilar, no por esto dejan de haber enemigos que el capital necesite exterminar. Muchas veces lxs activistas sociales, ambientales o indígenas no son atacados directamente por las fuerzas del Estado sino a través de estos intermediarios de la violencia, que en última instancia permiten evitar la responsabilidad estatal en sus asesinatos, como en el caso de Ayotzinapa. Así, este nuevo paradigma de la guerra se vuelve más quirúrgico, a la vez que se crea un nuevo mercado de la seguridad de los grandes propietarios. El panorama es diverso en Latinoamérica, por ejemplo en México y Colombia el sicariato lleva unos buenos años haciéndose cargo de la violencia que el Estado necesita no ejecutar con sus propias fuerzas. Sin embargo, también es ostensible que gran parte de las fuerzas paramilitares están compuestas por ex agentes militares o al menos entrenadas en la doctrina de la seguridad nacional. Parece que los ejércitos y policías avanzan sobre los territorios cuando ya se trata de un problema de soberanía para el Estado, antes se sirven de los sicarios que están entre sus filas.

La reestructuración imperial capitalista tiene sus pliegues, que permanecen invisibles hasta que de vez en cuando las balas del estado de derecho o de sus paramilitares nos asestan heridas mortales. Y, como gritan las compañeras asediadas por la violencia machista, no podemos permitir que nos sigan matando. De allí, la insistencia en agudizar nuestros sentidos y compartir los pensamientos sobre la tormenta por venir. Pues ha estado goteando y ahora llueve, pero puede que no estemos preparadxs para el diluvio aún.

Hace un par de meses, el diario chileno vocero del departamento de Estado norteamericano, anunciaba el retiro de las tropas chilenas desplegadas en Haití, que formaban parte de la fuerza supranacional de la ONU. En la entrevista al ministro de Defensa, El Mercurio le pregunta ¿qué ganó Chile tras 13 años de ocupación militar, que significaron un gasto para el Estado de USD 177 millones?, a lo que José Antonio Gómez responde con toda honestidad: “capacitar a los militares chilenos en un escenario real [y que ya ha servido para] la cooperación en caso de catástrofes” (Francisco Águila: ¿Qué ganó Chile tras permanecer durante 13 años con tropas en Haití? El Mercurio on line, 9 de marzo de 2017). ¿A qué escenarios se referirá el ministro Gómez? A la inevitable radicalización de la resistencia mapuche, tal vez, o de las alguna vez vivas protestas estudiantiles. Recordemos que para la instrucción contrainsurgente existe el Fuerte Aguayo, la base militar yanqui en la costa de Valparaíso, donde marines entrenan a la yuta nacional para intervenir en conflictos urbanos. En las fotos, Puerto Príncipe se parece bastante a la población Parinacota de Conchalí, donde hoy viven hacinadxs lxs nuevxs migrantes negrxs, pagando arriendos a precio de hipster pero con muros de aglomerado. Haitianas y haitianos en Chile, homo sacer de l’Amerique Latine, venidos de a cientos en vuelos chárter como en los antiguos barcos negreros, para abastecer con su fuerza de trabajo los empleos más precarios, para enriquecer los mercados de la seguridad y devenir la excusa que detona el siempre flagrante fascismo clasemediero espantado de las pieles negras. ¡Máscaras blancas, cascos azules! Las cadenas coloniales pesan siglos: de la metrópoli parisina a la dictadura de Baby Doc, los gringos invadiendo la isla para sacar a Aristide el 2004 y desde entonces la MINUSTAH esparciendo el cólera, violando mujeres, abusando, controlando el narcotráfico, por todo lo cual los milicos de la republique du Chili serán condecorados al volver a Santiago. Gómez sube al helicóptero Puma, mismo ejemplar desde donde regaron el Pacífico con detenidxs desaparecidxs en los 70, y palmea la espalda de los nuevos comisarios de la policía multinacional. Un profesor de castellano convertido en vendedor de licores reformula la pregunta de El Mercurio: ¿Qué más puede perder Haití?

5.

¿Qué mira hoy el ángel de la historia? ¿Qué imagen se cuela en el espejo de Benjamin? Si tenemos un comentario que hacerle a loas compas de la Sexta es que necesitamos alimentarnos del ojo que completa el cuadro de Klee. Hacer visible lo evidente, aún cuando la distopía se empecine en mantenerlo invisible, mediante el dispositivo de ocultamiento que le es propio: la ostentación de la mentira. “Guerra es paz” dice 1984. “Minería es progreso” dice una pared de ladrillo crudo en El Alto. “Trabajo es bienestar” dice cualquier publicidad. “Monocultivos de pino y eucaliptos son bosques” dice la FAO, Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura. “Transgénicos combaten el hambre” dice la Organización Mundial de la Salud.

¿Qué descubre Benjamin cuando se mira hacia adentro y se ve con el rostro cubierto por un pasamontañas en la selva Lacandona? La historia universal como la historia de los vencedores, la historia de la filosofía como teología cristiana, el colonialismo del proyecto ilustrado y su blanca modernidad. ¿Advierte Benjamin la conformista melancolía de la izquierda cuando ése carácter es el soporte ideológico de los gobiernos progresistas latinoamericanos, dependientes económicamente de la asociación con inversiones chinas en la extracción y explotación de recursos derivados de la devastación de los pueblos y territorios de este Abya Yala histórico?

Segundo excurso (que es un desgarro): Una celda de aislamiento y castigo en la Penitenciaría Federal de Mossoró, estado de Río Grande del Norte, Brasil. Allí sobrevive el comandante Ramiro, partícipe de las acciones más radicales del Frente Patriótico Manuel Rodríguez. Fue capturado en 2002 por el secuestro de Washington Olivetto, empresario del marketing político y financista del Partido de los Trabajadores. Ramiro habla pausado y engrillado. Detrás suyo, gendarmes armados. Delante, las cámaras de Chilevisión, periodistas y policías civiles chilenos que investigan el ajusticiamiento de Jaime Guzmán. Inhala y recuerda la ruptura del Frente con el PC en 1987: “que el Partido Comunista tuviese 60 años de existencia no era necesariamente una cuestión de orgullo, pues a pesar de su historia, de su experiencia política, nunca había optado por llegar hasta las últimas consecuencias. Creíamos, como el Che Guevara, que se triunfaba o se moría, no se vivía permanentemente en función de reformas moderadas” (Mauricio Hernández: Un paso al frente. p.90). Fin del segundo excurso.

Mientras, otro cuerpo arde en Caracas. Los que mueren son los chamos pobres, a pesar del cinismo de los sifrinos que acumulan hasta el rédito político de esos cadáveres. Maduro llevó al socialismo del siglo XXI a una posición que parece estupidez o cobardía, frente a la tragedia de Allende con que se compara. La cobertura de derechos básicos sostenida por los ingresos del petróleo venezolano durante la época de Chávez (ingresos que a su vez financiaron la emergencia de la casta burocrática boliburguesa y militar) no constituye en caso alguno un proceso revolucionario, por más que la reacción a este proceso sea dirigida por la derecha golpista y restituyente del duro orden neoliberal privatizador. Ante la caída del precio del petróleo, el gobierno bolivariano gira al extractivismo minero, impulsando un megaproyecto de extracción de coltán, diamante, oro y otros minerales, en el arco del Orinoco, abarcando una superficie de 112 mil kilómetros cuadrados, que es habitada por diversos pueblos indígenas: Pumé, Kari’ña, Arawk, Pemón, Warao, Sapé, Uruak, Arutani, Ye’kwana, Hoti, Eñe’pa-Panare, Wanai-Mapoyo, Piaroa y Hiwi (María Laura Cano Franquiz: Arco Minero del Orinoco vulnera fuentes vitales y diversidad cultural en Venezuela. La Izquierda Diario, 4 de septiembre de 2016). Dentro de los inversionistas del Arco Minero del Orinoco está la Barrick Gold, la mayor empresa multinacional aurífera del mundo.

Con sigilo, se viene urdiendo un proyecto que reestructurará el orden geopolítico en la dirección que venimos advirtiendo: la IIRSA, Iniciativa para la Integración de la Infraestructura Regional Sudamericana, que agrupa a los 12 países de la UNASUR. IIRSA asegura la participación transversal de los países sudamericanos, indistintamente de su orientación bolivariana o neoliberal, en la ejecución de infraestructura vial, ferroviaria y portuaria, para la circulación de las mercancías primarias extraídas de nuestros territorios, con el fin de abastecer la demanda del crecimiento industrial chino. Hace solamente una semana, chilean president M. B., de visita en China, ofrecía a Xi Jinping la disponibilidad absoluta de Chile como puente entre Asia y Latinoamérica. La ocasión correspondía al foro de las Nuevas Rutas de la Seda, es decir al anuncio de infraestructura para la circulación de mercancías entre China y Europa. Este llamado multilateralismo no es más que el fortalecimiento del imperialismo chino, frente a la decadencia de la hegemonía norteamericana. Y con la restauración de la derecha dura en Argentina y Brasil, la Alianza del Pacífico se hace también atlántica, entonces el bioceanismo como geopolítica latinoamericana parece fundamental en este movimiento estratégico que sustenta al capitalismo chino como fábrica material de un planeta cuya extinción está calculada y hasta gestionada.

Cuando los aún enarboladores de la izquierda clásica nos dicen que criticar a Maduro es estar contra el socialismo, recordemos que los gobiernos progresistas jamás fueron anticapitalistas, siempre hablaron de redistribuir la riqueza producida por el trabajo alienado, o sea esclavo. Sólo existe política clásica para quienes creen que no hay nada más fuera de eso. Y fue George W. Bush quien dijo: “o están con nosotros, o están con los terroristas”. Pero esto no es un cúmulo de insumos para el entristecimiento general, en cambio es un llamamiento a todxs quienes creen en la política, a ejercerla de manera radical, con el cuerpo afectado y afectando, esparciendo la potencia revolucionaria entre las pieles fértiles y los nervios frágiles.