El ajedrez de los perdedores: intuiciones sobre el devenir minoritarix y la deserción del macho-capital

Grupo de estudios experimentales paul k. Feyerabend / vitrina Dystópica

 

La crítica es un ejercicio de reconocimiento de las estrategias, y de denuncia de los efectos del poder.

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Ya no más sujeto que se siente sujeta porque quiere un objeto. Sujeto constituido por el deseo de algo que no tiene, deseo como carencia. Dejar de estar sujetadas, dejar de ser sujetos para devenir manada, bandada, jauría. Pensar la libertad como lo inasible, lo incertero.

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¿Cómo se escribe un texto colectivo? Quizás no responda tanto a la voluntad de fabular categorías comunes, sino a colectar los fragmentos acentuados de nuestras voces que siguen haciéndonos vibrar, para inclinarnos afines y estratégicamente. Porque vivimos en la tierra, “con la mierda hasta el cuello”, oscilantes en la melancolía y la gana, hastiadxs de escuchar la misma basura desde hace 30 años: que no se puede contra el enemigo, que hay que sumarse al Estado y cambiar las cosas desde adentro, que primero contra el capital y después contra el machismo y la masacre ambiental. Así nos hemos ido llenando de chanchos del GOPE, de mujeres golpeadas, de trans asesinadxs, de termoeléctricas y represas, de salmones muertos a toneladas, de deuda financiera, de presos quemados vivos. ¿Cómo rasgar el plástico en que nos hemos envuelto? Porque vivimos en esta tierra que es permanente movimiento, queremos potenciar el movimiento vital de nuestro encuentro, que enfrenta a las fuerzas de la devastación. Afirmar el encuentro al mismo tiempo en el disenso y la afinidad.

El asunto de la ética de los ganadores y del perder/dejar-de-ganar son inseparables del cuestionamiento a la masculinidad. A riesgo de sonar (y ser) poco genuinos y performáticos, con la O del género gramatical correspondiente. Ser varón y disponerse antipatriarcal es ser un perdedor. Ser marica es ser perdedor. Ser socialmente inepto es ser perdedor. Negarse a ser un macho es ser perdedor. Ser poco hábil en el sexo es ser perdedor. Ser femenino… ser mujer… ¿equivale eso a perder? ¿Qué juego es éste? “¿En qué fiesta de mierda me he metido?”.

La masculinidad es performática, o sea que no es natural ni biológica como lo creen Kast y sus cada vez más desatados ultramontanos. En el régimen sexo-político de los ganadores, la masculinidad es adherir a la más violenta hegemonía, es aceptar y reproducir los hábitos que, precisamente, naturalizan la dominación.

Luego de la victoria del ganador, viene la premiación, la medalla, el podio. Sin esta escena, la competencia no tiene sentido. Es decir, la premiación crea el ánimo de la gloria que hace posible la competencia. Recuerdo un episodio cuando conté, en un ambiente de amigos hombres más o menos cercanos, que llevaba más de un año sin tener sexo, y la reacción de asombro y de inquietud que eso generó entre dichos varones. ¿Es que no tienes ganas? ¿Es que estás teniendo algún problema? El caso contrario es celebrado de múltiples formas. Tratamos nuestra intimidad como si fuese el podio de una olimpíada, en la cual no querer ganar es una anomalía.

Los hombres escribimos mucho y conversamos poco. Tenemos miedo a decir demasiado, a decir lo que sentimos, o a sentir lo que estamos diciendo. Tenemos miedo a sentir. Yo llevo ya un par de años tratando de ponerle palabras a mi derrota, tratando de desmitificarla. Tratando de que no sea una derrota, pero quizás el punto consiste en habitar esa derrota como si en realidad nunca hubiese sido posible ni deseable la victoria. Salir de la escena, abandonar el juego. Y así habitar el espacio de maneras más sanas. Con otras y con otros. Con otres.

Existe una variante del ajedrez donde el objetivo no es capturar al rey, sino dejar que tu oponente capture todas tus piezas. Gana la partida quien se deja matar. Gana el que pierde: El ajedrez de los perdedores. Tocaría ver si nuestra estrategia se asemeja o no a esta idea. Si acaso estamos jugando algún ajedrez. Y qué perdemos cuando perdemos. Porque quizás sea el tablero lo que tenemos que objetar y no baste con invertir las reglas. El amigo Pelbart nos da una clave: desertar. Que es otra forma de “preferir no hacerlo”. La soledad del que deserta puede convocar una solidaridad que devenga en afinidad radical, pues no se trata del individuo (“lo social objetivado” como dice Diego Sztulwark) sino del ejercicio permanente de singularización, lo que implica necesariamente renunciar a las formas normadas de construir vínculos. Un comunismo de lxs solitarixs puede ser exactamente lo contrario del “condominio de los solos que constituyeron comunidad” descrito antes en este mismo órgano.

Dicen las compañeras anarquistas, en un recado a “los que todavía puedan escuchar”, titulado Vayan dejando de ser los amos: “Si quieren luchar, luchen. Pero lleguen a la raíz, si no, no es luchar. Destruyan al hombre que les pusieron adentro, sólo así serán libres. Las mujeres no existen y tampoco los hombres. A ustedes también los fabricaron. La categoría sexual es un régimen totalitario que tiene sus propios inquisidores y policías, que causa terror y nos mutila, que nos tortura y nos ejecuta, que (de)forma nuestros cuerpos y nuestros espíritus. A ustedes también, sí, pero con especial odio a nosotras”.

Alerta a la que muchas veces parece que estamos lúcidos. Creemos darnos cuenta, lo sentimos, porque nos produce incomodidad, dolor de guata, temblor, el cuerpo dice esto no te hace bien, cuando ves y te ves reproduciendo, dominando, sometiendo. Manipulando. Riéndote de las tallas machistas. Pero nunca las relaciones son transparentes, pues ¡cuánto se juega en el sutilmente!

¿Cómo se ejercita, entonces, el arte de la renuncia al triunfo macho y febrilmente zorrón? Quizás esta deserción implique atender más a nuestros ritmos menores. A lo que Silvio Lang llamó “las partes tercermundistas del cuerpo”. A nuestras torpezas y vergüenzas. A nuestros olvidos. ¿Tememos al desparrame, a la caída, a hacer el ridículo? Necesitamos caernos y caernos y caernos, y entrenar las caídas. En la extensa e improbable soledad. Y colectivamente, en la manada o banda de guerra. Para no dejarnos matar, ni mucho menos hacerlas morir.

¿Cómo te paras de una caída? ¿Cómo recompones un vínculo en que hiciste daño, sin volver a producir norma, como nos recuerda al oído Carlos Bergliaffa? ¿Cómo pasar del plano moral (la culpa) al plano estratégico (la amistad), con las compañeras a quienes infligiste profundas heridas, sacando provecho de la misma educación sentimental a la que criticabas por patriarcal? No lo sabemos. Por lo menos, partimos renunciando a hablar por ellas. No queremos representarlas, ni a ustedes, ni a nadie.

Dejar de ganar es devenir minoritarixs. Renunciar a la producción de deseo de gloria capitalística y al goce del sometimiento. No aceptamos vibrar con el Imperio/Espectáculo cuando transmiten violaciones por Facebook Live, bombardeos por CNN, pacos torturando a pu peñi en TVN. Negamos la comodidad de la norma, que campea hasta lo porno, cuando se teme a ser perdedor y se busca la felicitación de los verdugos. Nuestras hermanas y hermanos son quienes han dicho que no al poder, en momentos donde casi todxs decían que sí ¡Cuántos pagaron con sus vidas esa rebeldía que en su negación era pura afirmación! Sin embargo, nosotrxs no queremos morir, queremos destruir el campo de juego y encontrarnos, de cerca y de lejos, en los movimientos que nos hacen singulares, en la desprogramación de los afectos y comportamientos. En ese mundo nuevo que insistentemente llevamos en nuestros corazones.

Si los no-tan-nuevos fascismos crecen en la proliferación mediático-policial de sus máquinas de crueldad machista, de la xenofobia aprobada por decreto, de la homo-lesbo-transfobia evangélica de tradición pentecostal; nuestra política tiene que ser radicalmente inventiva e imaginativa. Improgramable. Intempestiva. Todos saben que Kast está acumulando capital político en sus giras por las universidades regionales. Y nuestra rabia no puede ser detenida ni burlada, pero mucho menos capitalizada por el enemigo. Durante varias décadas, la izquierda, en el paradigma representacional de la política clásica, se ha dejado cazar. Ninguna otra corriente ha sido tan eficaz produciendo mártires. Pero la inclinación estratégica implica precisamente lo contrario.

En esta guerra civil mundial, hyper acelerada de drones, estirada con toxina botulínica, lacerante de autopistas, la estrategia de la ofensiva del enemigo es la cacería, donde la disposición del enfrentamiento es llevada al cobarde nivel en que tienen la matemática seguridad de ser ganadores, es decir, de permanecer inmunes mientras nos exterminan. Lean la Teoría del dron (Gregoire Chamayou), aplica desde Tirúa hasta Palestina, pasando por las calles de Ciudad de México, Buenos Aires y Río de Janeiro. El blanco es objetivado mediante dispositivos de reconocimiento de peligrosidad. Se calcula su vulnerabilidad y, en el momento que esté más desprevenido, los cuadros de la represión, blindados o a distancia, le dan caza.

Dejar de ganar implica un doble juego entre dar cara y pasar desapercibido en el mapa del enemigo. De ahí que sea urgente entrenar la respiración y el ritmo menor, contra el mareo de la alta velocidad. Que esté ardiendo el hacha mientras llueve. En el prólogo a La Sublevación de Bifo, Diego nos dice: “la sublevación debe crear dispositivos de desaceleración”.

¿Y si pensamos la depresión no como el diagnóstico psiquiátrico de la melancolía, sino como la geografía donde se extiende la tierra a menor altura que las tierras circundantes? Devenir perdedor, no-macho, compa, wenuy. Una renuncia que es al mismo tiempo pie en la guerra. Escucho a mis sueños y mis instintos. Los colores de la mente. Hay pasiones más fuertes fuera de eso. Pasiones alegres.

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