Nuestra vida será nuestra ofensiva

Jueves 2 de agosto de 2018.

Sexto comunicado por las inclinaciones estratégicas.

Vitrina Dystópica, la realidad no es capitalista.

Una vez reducido el mundo a la administración de su ruina, se despliega por todas partes una guerra contra la imaginación.

Cuesta decir imaginación.

Cuesta, habiendo tanto ataque directo a la vida. Tantas mujeres, tantas luchadoras, tantas combatientes muertas. Tantas comunidades intervenidas, tantas vidas cotidianas acorraladas, tantas infancias clausuradas. Cuesta decir imaginación frente a tanta muerte. Y, sin embargo, no son cosa distinta.

Una vez reducido el mundo a la administración de su ruina, se despliega una guerra contra toda forma de vida que, en razón de su sola práctica, es decir, de su existencia, haga visible que esta catástrofe no supone ningún fin, a no ser el de la espera.

La guerra adquiere la forma de la cacería. Los muros, las vallas, las fronteras se estrechan para demarcar los “buenos” y los “peligrosos”. Los buenos en el lenguaje imperial son aquellos que, cual devotos, repiten el dogma según el cual nada puede ser diferente y, por tanto, mejor comprar. Comprar y mostrar.

Las peligrosas son las corporalidades que desvían. Que recuerdan que los territorios no son una variable del cálculo de algún conglomerado transnacional, que no hay un solo modo de usar los cuerpos y los placeres, que el malestar aun genera indocilidad, a pesar de tanto dispositivo que promete alivio.

Cuesta decir guerra contra la imaginación, en esta economía afectivo-material que no cesa de invocar la innovación, el uso y abuso de la creatividad para la renovación una vez más de lo siempre igual. Y, sin embargo, quizá sea ese uno de sus síntomas más expandidos: la inscripción pre-individual de las capacidades imaginativas en la máquina capitalista de producción, como cerco imperceptible.

Entonces,

Dentro de los muros una fe: nada podría ser diferente; y una relación con el futuro: lo único posible de imaginar son modos de sostener “esto”.

Fuera de los muros: territorios y corporalidades vigiladas, castigadas, rentabilizadas o eliminadas de ser necesario, cuando por necesario se entiende limpiar de cualquier tipo de obstáculo la devastación rentable.

La guerra adquiere la forma de la cacería. Los soldados aparecen totalmente resguardados, sin ninguna exposición posible. Son tanquetas contra niños; armas de guerra contra piedras y fuego; drones, gases, disparos contra nuestros amigos, lugares, huertos, bibliotecas. Y los soldados son también a veces cualquier vecino que deviene policía, afirma su conservadurismo, se inclina a algún tipo de fascismo explícito, atropella o acuchilla. Mata, como si estuviera cazando.

Y entre medio de todo esto, entre la ciudad Blade Runner y el desierto de Mad Max, persisten tantos y tantos fragmentos. Experimentaciones porfiadas, alegres, fulgurantes, cuidadosas, prudentes o no tanto y, sobre todo, cada vez más avistando, palpando, oliendo la guerra. Guerra que nunca se fue, pero que no se puede ya disimular.

Y es cosa de dar vuelta por los lugares que conocemos, donde nos juntamos, ir a ver un amigo, conversar con una compañera: la relación entre lo micro y lo macro no puede seguir siendo un obstáculo; ni las imágenes de la revolución.

Una exigencia tácita de las propias prácticas en el seno de todas estas experimentaciones incita a encontrarse, a conspirar, es decir, a renunciar a la sobrevida para vivir. Entonces, poder hacer otro uso de la imaginación, del poder que guardan, por ejemplo, las vidas ancestrales, no solo en lo que tienen de antiguo e imperecedero, sino en la medida en que son uno de los más profundos desafíos a la Administración que se entiende como Insuperable.

Pensar quizá otra política de masas, una micropolítica de masas, el encuentro en unas inclinaciones estratégicas para desviar el curso apacible del espacio securitizado, la construcción de corredores afectivos transfronterizos para trazar una red múltiple, heterogénea, dispersa, pero que se sabe parte de un bando o de una banda. Una política del local, como territorio de experimentación y espacio físico a defender, porque al hacerlo, habilita una red, una posición, un ataque.

Sigue tus propios intereses, dice en innumerables formas la voz del Imperio. Como si aquellos le pertenecieran a un cuerpo solo, aislado; como si no existiera la posibilidad de imaginar intereses distintos. Nosotras le decimos: “nada de tu ruina nos interesa, cazador, como no sea hacer tu realidad imposible, abriendo nuestros encuentros a su proliferación, a su persistencia. Nuestras ganas de vivir, nuestra vida será nuestra ofensiva”.

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