De cara a la noche fascista del neoliberalismo: insistir, resistir, persistir.

Sadismo institucional, masoquismo del mérito.

Hugo Larrosa, empresario, o sea torturador. Canal 24 horas.

106 latigazos en la espalda recibe un ex trabajador del DUOC mientras lee los artículos del Código del Trabajo. Una performance de protesta por la expulsión de 106 profesoras y profesores que exigían mínimas condiciones laborales, luego de incluso 20 años trabajando para tan católica institución. La respuesta de aquella había sido, no obstante, la misma razón por la que defienden aquello que llaman “flexibilidad”: poder deshacerse de los trabajadores de forma incluso más económica que del mobiliario en desuso, o sea, sin ningún costo.

Un video circula por la red. Un video muestra el gordo cuerpo que le corresponde a un empresario, sobre otro fragilizado y anónimo de un trabajador que grita. Los pantalones están abajo, el empresario sobre la espalda del trabajador mira a la cámara, ríe y golpea el culo enrojecido de la figura totalmente abatida, ya entregada, extenuada de una lucha que le aparece por todos lados imposible. Esto no es una performance. Esto, ese burgués gordo, grotesco, riendo y azotando a sus trabajadores no es una performance. No lo es.

¿En qué siglo estamos? Parece una pregunta legítima, como hace algunos años la de aquel periodista británico que con horror reconocía en Chile las condiciones laborales del XIX. Pero no. Qué alivio sería la linealidad del tiempo. Pero no. El tiempo no avanza y las cosas más horrendas quedan atrás, no. El mundo se organiza y se disputa. Y aquí con enceguecedora claridad organizaron su destrucción; la catástrofe administrada. Ahora, se salvan, buscan salvarse. No lo consentiremos.

Sadismo institucional: las instituciones en este país dicen incluso lxs experts, no solo son injustas sino crueles. Todo quien haya tenido alguien con alguna enfermedad grave lo sabe. O aquel que haya visto el salir del mundo laboral de otra persona o, más bien, su imposibilidad. Un ejemplo minúsculo: al mismo momento que lxs trabajadorxs precarizadxs son obligadxs a cotizar en una “seguridad social” que solo asegura su pobreza, los planes de los seguros de salud tienen una de sus mayores alzas del último tiempo[1].

Masoquismo del mérito: todo el mundo sabe que es un robo. Sin embargo, un contrato indisoluble parece organizar un goce por merecer, o sea, ser reconocido por la propia institución de la crueldad, de la que se espera, por ello, frialdad. En aquel caso de los trabajadores y trabajadoras torturadas, otrxs entrevistadxs en la nota periodística, matizaron las golpizas señalando que a pesar de que después de todo aquel empresario entregaba diversos reconocimientos a los trabajadores obedientes. Les asistía si tenían algún problema de salud o regalaba inesperadamente pasajes al extranjero. Rasgo de este masoquismo sociológico: frialdad más que como distancia, como ausencia de reparo al pasar de un extremo de familiaridad a un extremo de objetivación de un momento a otro. De amigo a juguete, muñeco, desperdicio. Eso organiza el goce y, tal como en el caso de la película An american crime, de ese contrato participamos todxs.

Transición al fascismo: hacer Bolsonaro innecesario.

Otra vez Piñera y el Comando Jungla. Prensa.

El 28 de junio de 2018 Piñera, cuyo cuerpo apenas se soporta, llega temprano a Temuco. Se dirige al Encuentro Empresarial de La Araucanía (ENELA) y sale satisfecho. Viene a asegurarle millones a los grandes empresarios del agro llamándoles medianos agricultores. Viene a asegurarle millones a los inversionistas del turismo llamándole inclusión a la museificación de las vidas ancestrales. Viene a asegurarle millones a los grandes capitales extractivos llamándole lucha contra el terrorismo.

Por cierto, mismo día, algo un poco más tarde. Figura el cuerpo insostenible del presidente corporativo rodeado de agentes de Fuerzas Especiales recién estrenados. Nuevas tanquetas, drones, armas, cámaras y armaduras para un también nuevo grupo especial de 80 milicos llamados policías, conocidos como Comando Jungla y luego intentados negar en su existencia por el mismo esperpento que figura dando el discurso, diciendo que la lucha es “sin tregua y sin cuartel, y sin dudas y sin debilidad, contra la violencia y contra el terrorismo”[1]. Diciendo que terrorismo es el nombre de todos los que se oponen al progreso, o sea, a darle todos esos millones a los empresarios para que en nombre del Estado de Chile exploten a los habitantes del territorio y maten a quiénes se opongan al saqueo.

Diciendo también que tendrán que “aprender a combatir a los enemigos pasivos o cómplices del terrorismo”, o sea a todxs nosotrxs que nos oponemos a hablar únicamente la lengua del Imperio. Y diciendo también que “nuestros carabineros merecen mejor protección, porque arriesgan sus vidas y su integridad física (…) pero además porque un carabinero bien protegido es un carabinero mucho más eficaz”. Piñera declaró la guerra materialmente a todo aquel que defienda la tierra del saqueo organizado por el Estado y entregado al mercado financiero; al mismo tiempo que a toda persona que no solo solidarice, sino que simplemente no les condene. Y todo, buscando para las policías la distancia del dron, matar sin ser matado. Cazar.

Perseguir potencias de fractura.

La guerra, nos dicen, no es contra el pueblo mapuche al que únicamente entienden produciendo valor para otros dentro del museo a cielo abierto del fascismo multiculti. La guerra es, ciertamente, contra toda potencia de fractura, contra todas las vidas que desmienten en su práctica el imperativo de siempre producir más o morir, contra todas las corporalidades que ensayan formas de vida que merecen ser vividas.

20 de septiembre de 2018. El mismo esperpento, otro discurso. Ahora está parado en el “museo de la educación Gabriela Mistral”[2]. Dice obviedades de la lengua imperial: que (nuevamente) una minoría ha hecho que se viva con “miedo” en las aulas; que se necesita paz y tranquilidad; y que paz y tranquilidad significan obediencia. Sus asesores le escogen cuidadosamente dos episodios en dos liceos importantes para el movimiento estudiantil: el Instituto Nacional y el Barros Borgoño. Señala que el principal problema es que ni los profesores ni los establecimientos cuentan con las armas para enfrentar la violencia de los jóvenes y que las armas son la expulsión y la represión.

Comienza desde ahí un asedio constante a todos los establecimientos que habían sido puntos densos de expresión de las potencias políticas en las primeras décadas del nuevo milenio. Invaden, golpean, detienen, torturan, cazan o simulan cacerías. Se les dificulta a los propios estudiantes ver el agenciamiento político del que son parte. El asedio cansa, reduce, hostiga, busca precisamente la abdicación, que por fin renuncien, que se vuelvan el sueño de Pinochet: estudiantes que solo estudian, trabajadores que solo trabajan. Pero la insurrección encuentra siempre otros cauces.

Y lo saben y lo temen. La persecución a la niñez y a la adolescencia que se ha mostrado una y otra vez insumisa al acostumbramiento que el masoquismo del mérito impone, busca expandirse. El sentido común se ha desplazado tanto ya hacia el fascismo que un ridículo grupo de diputados del llamado Movimiento Acción Republicana, seguidores del excandidato presidencial que corrió a sacarse fotos con Bolsonaro[3], buscan imponer literalmente un toque de queda para los jóvenes, al que llaman Horario Protegido. Protegido de los jóvenes, cabría aclarar. Dicen que entre 12 de la noche y 6 de la mañana los jóvenes “no tienen nada que andar haciendo solos en la calle” (de verdad lo dicen[4]) y que “solo podrán circular por la vía pública los menores de edad que se encuentren debidamente acompañados de un adulto responsable, con la finalidad de proteger al menor”. Limpiar la calle significa siempre abrir una zona de cacería.

Estudiantes dando cara a la cacería. Prensa.

Vigilar de cerca, de lejos. Vigilar.

Y es que hay aquí la instalación de un dispositivo de fascitización que vuelve innecesarias figuras tan costosas (económico-políticamente) como Bolsonaro. Y este dispositivo que, a nivel de las políticas sobre los territorios, instala el paradigma de la cacería, de que todo aquello que atenta contra la acumulación y su enaltecimiento puede ser cazado y desechado; a nivel micropolítico rentabiliza todas las formas del miedo, las vuelve reactivas, temerosas, conservadoras.

Todos los signos tenebrosos e incomprensibles por ser demasiado explícitos que surgen a partir de la devastación organizada por los mismos que nos buscan convencer de salvar el planeta, instan a un refugio, a una ceguera voluntaria para seguir alimentando la ruina y así el dogma encuentra su alimento. Diferentes expresiones de lo más conservador de las religiones coinciden en la defensa de la tradición, de los valores fundamentales, etc.[1], y su ramificada instalación financiada por lo más conservador de todos los signos partidistas adquiere un uso directamente político. Son el cuerpo de contención de todo contagio que active la politización de la cotidianidad. Instalan las condiciones de verificación de los más desinformados miedos y las más dogmáticas creencias. Buscan (volver a) hacer de la fascitización una realidad moralmente deseable.

Y se expresan también en las redes y la televisión. La insistencia de su discurso pasa de la risa y la burla al desplazamiento de lo que es posible aun decir. El modo en que se relacionan ambas tecnologías de producción discursiva es fundamentalmente demencial. En la televisión se agotan las horas de los matinales exponiendo todos los detalles del último femicidio sin resolver. Buscan producir el efecto de la serie policial, capturar sus espectadores, vender su atención; y hablan y hablan y hablan sin ninguna elaboración más que la medida de sus anunciantes. Y en las redes se escribe sobre todo y se intercambian los más variados memes, cuyo efecto de conjunto y más allá de los usos excepcionales sigue siendo volver suficientemente superficial cualquier enfrentamiento, todo sufrimiento que encarna el despliegue del contemporáneo régimen de administración de la ruina.

A estas alturas el sonido del dron es la campana que confirma quienes son los pecadores. Y por las pantallas y comentarios se reafirma que todo el desastre que es la política, es decir, nuestra forma de vida puede resolverse ni siquiera con tecnología, sino tan solo tecnificando la vigilancia. Que el mundo iría bien de no ser por aquellos que se les ocurre interrumpir el progreso, o sea el saqueo y que, por tanto, la libertad y la justicia la escribirían ellos y con nuestra sangre.
Nosotrxs no creemos en el lenguaje del Imperio.

«Drones policías». La Tercera.

Volver la realidad totalitaria

Hay quienes insisten en asombrarse de la extrañeza de las que aun llaman relaciones internacionales, por ejemplo, con el caso de China. Y, sin embargo, cuanto más se buscan razones para el asombro, más claramente se deja a ver que el acomodo es antes entre disciplinamiento, control y explotación, que entre naciones. El agregado de los valores fundamentales es, sobre todo, un operador de la mutación. La cual, por su parte, es un intento desesperado por sostener las condiciones de acumulación, frente a su imposibilidad radical, a tal punto que dicha imposibilidad beneficia las nuevas-viejas-formas de disciplinamiento y control. El objetivo, por ejemplo, no es tanto establecer lazos comerciales con China, como hacer uso de lo más eficaz de su modelo. La cínica sorpresa que causa la relación entre totalitarismo y capitalismo debiese quedar neutralizada y descartada tan rápido como los mismos defensores de la sorpresa abandonarían cualquier pretendido compromiso con la pluralidad en nombre de cualquier valor que, literalmente, permita seguir la acumulación. ¿Qué es sino aquel modelo de gobierno que los esperanzados morales llaman corrupción?

Hay un uso evidente de la corrupción no solo para perseguir gobiernos inclinados tan solo hacia otro lugar; sino también para premiar la aplicación de las doctrinas. Así, en diversos territorios los policías que asesinan luchadoras y luchadores sociales y los políticos que les mandan, son de una u otra forma, tarde o temprano premiados por su acción que, por ahora, excede el régimen de lo legal. Y, a la vez, se alista todo para la transformación radical de lo que se ajusta a derecho. Con la disciplina de un partido leninista y bajo la apariencia de las oportunidades de mercado, se intensifica el despliegue de la arquitectura jurídica del saqueo global iniciado hace un par de décadas. Tanto aquella alianza de la derecha latinoamericana que han llamado ProSur, una especie de Sur Premium; como aquel pacto multilateral conocido bajo la sigla TPP-11 que viene a normar desde las Corporaciones los ya tristes regímenes jurídicos nacionales, instalan las condiciones para una transición casi imperceptible a un totalitarismo fundado en defensa de valores que no cesará de transgredir, como la paz, la vida, la libertad y todas esas palabras que por fuerza de repetir han convertido en balbuceos.

La presencia de la policía, de sus agentes y de sus máquinas, se acrecienta al compás de la defensa o simple aprobación sin defensa alguna de los proyectos que reestructuran el orden de lo jurídicamente aceptable, teniendo por resultado, una vez más, el desplazamiento de lo acostumbrado. Los checkpoints, así como las fechas y los lugares que los justifican se multiplican casi sin que podamos darnos cuenta. La vestimenta de la policía militar se hace tan frecuente como la del tradicional paco citadino, en lugares y momentos que hace algunos años hubiera escandalizado, aunque sea para guardar las apariencias. Los colegios y las universidades tienen hoy prácticamente las puertas abiertas a las policías que no dudan en ver en aquellos y aquellas que las habitan sus adversarios políticos.

Y la mutación es tal que sobran las palabras para describirla, pero hay muy pocas para decir lo que nuestros cuerpos constatan. No es que nos falten nombres para la catástrofe, sino para aquello que nos pasa con ésta. Las transformaciones que deshacen las relaciones internaciones, interrelacionando de diverso modo disciplina, control y explotación, mediante ese difuso operador valórico, encuentran en la expansión de la policía como ejército corporativo las condiciones de su realización. Nosotrxs sentimos, antes que explicamos esta transformación, vemos la amenaza a la semilla, al bosque, al agua, a lo viviente. Olemos el multiplicarse de la hidra. Vemos, aunque sea en reflejos, la guerra en curso como mutación general del orden de extracción. Nos sabemos en la noche y es ahí donde mejor tendremos que movernos.

習近平和糞便

Organizar el desacato: una micropolítica de masas activa

Aquello que llamamos masoquismo del mérito se ve potenciado, intensificado y sobre-organizado, mediante la perpetuación y penetración de la pax crediticia. Efectivamente como lo señalan Gago y Cavallero en su último libro, la deuda instala una economía de la obediencia que refuerza el masoquismo y hace aún más abstracto el lugar desde donde se instala la crueldad de la institución. La financiarización de todo, hemos dicho antes y han mostrado tantxs otrxs, permite precisamente continuar con la acumulación en condiciones de abierta catástrofe. Lo permite pues la hace en sí misma rentable. Hace unos días atrás, Mike Pompeo, celebraba la oportunidad de negocios que significa el derretimiento del ártico por el petróleo y la circulación (cómo no). Y a nivel cotidiano permite extorsionar la cooperación social y en último término de la propia vida. Vivir endeuda y, de hecho, nacer endeuda merced el dichoso sistema de AFP, el cual implica nacer debiendo individualmente la posibilidad de no morir de hambre cuando ya no podamos trabajar.

Es que, precisamente como señala Suely Rolnik también en su publicación más reciente, esta acumulación por devastación de la vida humana y no humana nos afecta a todxs, aun cuando resintamos su violencia, en intensidades distintas, de modo singular. El malestar está ahí, insiste, señala, alarma. La vida busca perseverar. Este deseo de perseverar busca hacerse un cuerpo, lo que implica también un nombre a aquello que nos pasa, es decir, que nos atraviesa, nos hace frágiles, permeables. Todo aquello pareciera conducirnos a presenciar un límite. Una zona trágica si se quiere, desde donde ya no se puede permanecer igual. Justamente porque aquel deseo de perseverar, aquella vida que merecer ser vivida, es productora de diferencias. Contra esa necesidad de un ensayo radical de otros modos de vivir(nos) es que se buscan cerrar los mecanismos de la totalitarización.

La noche fascistoide neoliberal pretende precisamente que volvamos a perder de vista lo evidente de la organización financiera de todas las catástrofes locales. Buscando instalar distintos mecanismos de individualización de la gestión del malestar. Robar la atención, espectacularizar la vida, militarizar los territorios, arruinar el presente, gobernar a distancia mediante deuda y dron, perseguir y asesinar forman parte de los mecanismos para dirigir, potenciar e intensificar la deriva del malestar hacia una micropolítica reactiva que, reduciendo nuestra experiencia del mundo a la de la identidad y del sujeto, le proponen luego salvarlo. Instalar las nuevas-viejas-formas. Al reducirlo así, se dispara la dinámica culpabilizadora, responsabilizándonos cada unx a sí mismx, o bien, a quien pueda servir de chivo expiatorio. Y en ese momento todo intento de alivio, no hace sino reforzar el contrato masoquista, la deuda impagable: nunca nadie es la foto del Instagram; la lucha en contra de los derechos de otrxs no defiende “los tuyos”.

Es, por otra parte, la comunalización de este malestar aquello que puede permitir la actualización de los agenciamientos del deseo, es decir, la producción de formas nuevas, no en el sentido de una innovación, sino de la creación de nuevas preguntas, de otras formas de hacernos persistir en esta experimentación, de encontrarnos en la duración de esta intensidad. No hay una gran catástrofe por venir, puesto que ya la habitamos. Y es aquí donde organizar el desacato se hace vital y precioso. Todo proceso de germinación es lento y es por eso que una micropolítica activa y de masas, como se hace ver en las alianzas imprevistas entre feministas y deudoras; entre estudiantes y pueblo mapuche; entre jubiladxs y precarixs; no parece buscar una resolución, un alivio rápido, sino preparar un terreno fértil como decía una compa de Brasil frente al desastre Bolsonaro. Abrir un espacio para errar mejor, permitir que este deseo, que este perseverar que mueve la vida a buscar nuevas formas se exprese, se actualice. Armar las estrategias para respirar y, mientras tanto, contribuir a que lo agónico termine de morir. No consentir, no salvarles. Desobedecer, desacatarles. Insistir en este malestar que no nos deja indiferentes; resistir a todas las formas de cancelación de la vida que buscan redirigir nuestras potencias creativas a la salvación del mundo que han destruido y acá no escatimar: buscar nuevas formas de un internacionalismo molecular, cuidarnos, sabernos, intuirnos, re-conocernos. Y así, poder persistir en el deseo de esta vida que empieza ya a producir sus próximas formas.

Toma 17 de mayo, Cerro Navia. Frente Fotográfico.

 

[1] http://dystopica.org/2018/03/22/elementoscriticanuevasderechas/

[1] https://radio.uchile.cl/2019/04/03/declaracion-de-renta-2019-un-portazo-institucional/

[1] https://prensa.presidencia.cl/discurso.aspx?id=77735

[2] https://prensa.presidencia.cl/discurso.aspx?id=82507

[3] https://www.latercera.com/mundo/noticia/kast-bolsonaro/373471/

[4] https://www.eldinamo.cl/nacional/2019/04/17/diputados-seguidores-de-kast-presentaron-proyecto-de-toque-de-queda-juvenil/