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Un cuerpo del horror en el desierto de lo indecible

La irrupción: “Hermosa joven de 23 años”

Entrega por secciones de una publicación no publicada.

Faltando dos días para que se cumplieran tres años del golpe militar, es decir, el 9 de septiembre de 1976, irrumpe en la playa La Ballena, de la comunidad de Los Molles, el primer cuerpo de un detenido desaparecido encontrado alguna vez en Chile. Se trata del cuerpo de Marta Ugarte Román, mujer de 42 años de edad, profesora universitaria, modista y miembro del Comité Central del Partido Comunista.

Irrumpe un cuerpo, es decir, se hace innegable su presencia, o al menos, su presencia requerirá de una gestión, especial, particular, que opera por sobre la desaparición física, que debe redirigir las marcas de la tortura y de la muerte, cuidadosamente inscritas en los cuerpos mortificados, hacia otra parte. Una gestión que tendrá que borrar el acto de una primera borradura, enunciado en las marcas de la tortura. En ese sentido, es potente signo del proceso más general, en el cual una primera borradura, esa especie de limpieza que se hace en este territorio, debe ser nuevamente ocultada para permitir la entrada gloriosa de la “democracia” en el desierto de lo indecible. Pero no nos adelantemos.

Marta Ugarte Román había desaparecido en manos de la DINA (Dirección Nacional de Inteligencia) el 9 de agosto de 1976[1]. Su hermana dice haberla visto esa mañana en un auto de investigaciones, en el asiento de atrás, entre dos hombres de civil, con su propia ropa, y probablemente, con los ojos vendados. Marta Ugarte, todavía es Marta Ugarte, es un cuerpo adscrito, reconocible, tiene una identidad no mediada por su propia aseveración, sino por ciertas marcas de pertenencias, entre ellas la posibilidad del reconocimiento a distancia por su hermana, y su ropa que es propia. Tiene un modo de moverse quizá, que implica la sospecha de que no podía ver, pero que al mismo tiempo sostiene la posibilidad de que sea ella. El orden social se inscribe en los cuerpos, y Marta estaba inscrita en un orden social, o en un proyecto de orden social, que se deseaba erradicar. La actuación de una máquina de tortura y exterminio sobre los cuerpos quiere precisamente eliminar no sólo los cuerpos, las vidas, sino los lazos simbólicos incorporados (y con ellos también políticos) que dan cuenta de vínculos determinados con la sociedad, de diversos modos de ser en el mundo. El ensañamiento con el cuerpo, es el ensañamiento contra toda una serie de relaciones que se desprecian, al punto de no tratarlos como humanos, puesto que esos lazos se sustentan inscritos en los cuerpos (en las maneras de resistir a las torturas, en las respuestas o silencios, en las miradas, en los gestos, en la respiración, etc.). Invirtiendo una frase de Le Breton (Antropología del Cuerpo), puede decirse que con el daño que se hace al cuerpo, se quiere infligir daño a una “comunidad”; que con la eliminación de los cuerpos, pretende borrarse todo rastro de aquella “comunidad” en la que se inserta el cuerpo delimitado, capturado.


[1] Comisión Nacional de Verdad y Reconciliación (1991), Informe Rettig.

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