III Comunicado Intergaláctico

AHORA QUE FUE 18 DE OCTUBRE DEL 2019.

Justo que pensaron que podían hacerse los dueños una vez más de todo, incluyendo el colapso. Justo que pensaron que la agresión constante a la juventud y a la imaginación, a la vida y a las ganas, no iba a encontrar salida. Ahí, justo ahí, se equivocaron y lo seguirán haciendo.

Ahí, cuando desnudas todas las caretas se muestran como lo que siempre han sido: perros asesinos y no en el sentido del animal, sino en el de la ofensa, porque lo único que tienen de animales es que también mueren, a pesar de los pacos y todos sus horrendos guardianes, mueren, entonces temen. A pesar de todos los drones y de que todos los recursos públicos sean usados única y exclusivamente en las fuerzas armadas que son sus guardias privados, temen. A pesar de que el infame militar encargado de ordenar esta nueva masacre en nombre de la “estabilidad y el orden” de este ruin negocio que llaman país esconda las cifras de los heridos y muertos que comienzan a sembrar ya por todo el país como lo hicieron el 73. Una y otra vez, temen. Asquerosa cobardía que los hace refugiarse en sus leyes que no cesan de romper o cambiar para beneficiarse aun más a costa de cada una, de cada uno de nosotros. Pero ahí, justo ahí, tal y como se veía venir: no lo consentiremos.

Y es ahora amiga, amigo, vecina, vecino, es ahora que toda la digna ciudad, la digna rabia, la centenaria, la milenaria rabia, aflora, florece. Y son los cabros, las cabras las que la portan, aun baleados por los asesinos a sueldo del Estado que, a esta altura, es apenas otro nombre para el Consorcio de todas sus mafias. Son los cabros, las cabras chicas, ellas, ellos, los mismos que los enfermos de la comodidad no se han cansado de denostar, de señalar inservibles (“ni ni” les llamaba el último cientista social colgándose de la moda que ni se molestó en entender); esos mismos, son quienes enseñan que la dignidad, que la justicia, que el coraje, que las ganas de vivir no se aprenden sino con la guata y que, por tanto, nunca nada han podido decir los que quieren ver en los que vienen lo que ellos fueron, porque por suerte para todxs son justamente lo que nunca ha sido.

Ahora que el colapso amenaza incluso el querer vivir, el querer levantarse porque el capitalismo que hace afuera se quiere mostrar como insustituible, inquebrantable, incluso más allá de las fronteras de lo habitable. Ahora, es que les ha reventado en la cara. Y no dudarán en golpear, secuestrar, asesinar, cazar, porque eso es lo que saben hacer. Y es ahora cuando toda acción vale, cada respiro, cada pisada, cada mano encontrada en el camino, abrazo, señalamiento, chiflido, grito, orientación.

Nunca ningún cazador ha podido con lo indómito, porque resiste toda jaula, todo intento de encierro, porque se escabulle, encuentra sus cauces, se llama, aparece y desaparece, golpetea, insiste, como el dolor, porque es el dolor. Y el dolor es nuestra historia.

Y es esa historia, la que hoy aparece fuego, la que grita, la que salta torniquetes, la que destroza la ciudad enemiga, la ciudad enjaulada, la ciudad de los apellidos coloniales. La de los temerosos, la de los que se las quisieron dar de faraones. Pero no. No consentiremos. Nadie, ni en Santiago, ni en Chile ni en ninguna parte está dispuesto de nuevo a aceptar que el delirio de su riqueza la paguen nuestras vidas. Porque no, si la historia ha sido nuestro dolor y el futuro esta catástrofe, este después que apenas comienza es el grito indomable de quien, a fuerza de perderlo todo incluso el futuro, no ha podido sino inventar todo de nuevo.

Y no, aquí nadie se engaña, toda insurrección es siempre más bella de lo imaginable, pero también más impredecible, más inestable. Y no, aquí nadie se engaña, nada termina hoy ni mañana y ¡qué suerte! Pues se nos ha abierto un después al futuro con que nos pretenden cautivar, o sea dejar cautivos, y lo han abierto quienes más han recibido el desprecio de la civilización, niños, niñas, niñes, intentados despojar del derecho a imaginar cualquier porvenir, han pues invocado la imaginación política de todos los siglos de opresión para señalar que la única forma que se lucha contra ella es con desparpajo, con atrevimiento, con valentía, con el cuerpo que es la mejor alma que alguien ha podido imaginar.

Y es el cuerpo el que porta esta sensibilidad. Sensibilidad imparable que ahora huele, siente, saborea, respira fuego, humo, terror, valentía y arrojo. Y es también ahí, en medio de esa ciudad que arde, que halla al fin un momento para detener su eterno y siniestro ritmo, su descontrolado ritmo; es ahí donde se hilan, donde se bordan, donde se tejen las alianzas que nos alientan a avizorar un después. Alianzas, por cercanas, quizás, imprevistas. Entre estudiantes y pobladores, entre profesionales y jubiladas, entre comerciantes y trabajadores. Entre todas y todos nosotros, entre cualquiera.

Y ahora que saben de la potencia de la mezcla, es decir, de lo indómito, de lo manchado, de lo abyecto, de lo aberrante, vendrán con todas las trampas de su ley que es muerte. Y ahora, justo ahora, es que no se puede hablar en tercera persona, es donde el impersonal que es esta interioridad común que desborda, que se aburre, se cansa, se chatea, se harta, se une. Es ahora que quiere tener que hacerse presencia incontenible: masa. O sea, potencia, acto, acción. En donde nadie fue, significa todxs estamos; en donde tocan a uno, todxs paramos y les paramos la mano, porque si tenía sentido decir la sociedad del cansancio, era para reactivar los miembros, para encontrarnos en este hastío y convertirlo en rabia, digna y hermosa, violenta como no puede sino ser.

Y sabemos que esto es solo el principio, y nos encanta.

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